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RESEÑAS

Arámbulo, C. (2017). Quién es D’ancourt. Lima: Aguilar.


En uno de sus aportes visionarios, Jorge Luis Borges nos mostró que la grandeza de una obra literaria no nace con ella misma, sino que se construye con el tiempo. Cada comunidad de lectores erige a sus referentes culturales, elige las obras que sobrevivirán y, con autoridad o capricho, esgrime las razones para justificar dicha sobrevivencia en el tiempo. Tal idea está magníficamente representada en el personaje Carlos Argentino Daneri, el poeta de El Aleph, quien gana premios y reconocimientos para su poesía -dudosa y cursi-, gracias a las eruditas explicaciones que, sobre sus versos, es capaz de imponer a los lectores de su comunidad. Algo similar ocurre en Pierre Menard, autor del Quijote, donde se relata la odisea de un autor que reescribe la gran novela de Cervantes, y la hace tan genial o más genial que el original gracias a las mil y una justificaciones que es capaz de encontrar a las páginas recompuestas de su puño y letra.

Es imposible no pensar en Borges cuando uno lee Quién es D’Ancourt (Lima, Alfaguara, 2018), la primera novela de Carlos Arámbulo (Lima, 1965). Dueño de una prosa exquisita y de un irreprochable dominio de las estructuras y estilos narrativos, Arámbulo se inició en la literatura con la publicación de Acto primero (1993), un largo poema hecho de versos de arte mayor y menor, y poblado de reminiscencias esotéricas, intelectuales y giros a la manera del Hinostroza de Contranatura. Luego de un largo silencio de más de dos décadas, Arámbulo demostraría plenamente sus condiciones de escritor con Un lugar como este (2014), un verdadero ciclo cuentístico formado por seis relatos que se entrelazan alrededor de un desértico pueblo, Calderas, y de un conjunto de personajes que, como las arenas del desierto en el que viven, se disipan y diluyen en medio de un destino signado por la fatalidad. Este libro de cuentos le daría su primer reconocimiento internacional, al quedar finalista en la segunda versión del prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, en el 2015.

Quién es D’Ancourt, su primera novela, nos reencuentra con un autor especialmente dotado para la narrativa. Escrita, según confesión del propio Arámbulo, en un envidiable lapso creativo de 4 meses, el libro posee una estructura equilibrada y esférica, más parecida a la de una biografía o un ensayo exegético, con un prólogo, tres capítulos centrales y un epílogo que nos remite al inicio del libro, o mejor dicho, lo reescribe y amplía. "Mi intención era construir una novela esférica en la cual el universo sea cerrado por capas que se van componiendo sobre el mismo núcleo de la historia sucesivamente", revela el autor, en una entrevista con el periodista José Miguel Silva, "pero al final, por una trampa que coloco te das cuenta que has estado encerrado en una especie de viaducto esférico". Esta estructura esférica se hace patente desde el extenso epígrafe, donde se explican los múltiples significados de "esfera", todas ellas aplicables a la forma del libro. Sin embargo, sería injusto restringir el atractivo de la novela a la compleja estructura elaborada por el autor. En términos de clasificación, por ejemplo, Quién es D’Ancourt transita varios de los géneros novelísticos más reconocidos de nuestro tiempo: el policial, el thriller y la historia de amor.

El argumento central rinde homenaje al género inventado por Poe. El enigma se concentra en la trágica desaparición de D’Ancourt, un joven poeta talentoso y predestinado, en cuya atlética figura se percibe "…la belleza de lo derruido, un exterior sombrío; el arquetipo máximo de los románticos o del lado más simbólico y oscuro del gótico" (p. 16). Símbolo de la juventud marcada por los duros años del terrorismo, D’Ancourt es mencionado desde el principio como una víctima de la policía antisubversiva peruana, quien lo tortura y asesina bajo siniestras circunstancias. Las claves para reconstruir el itinerario de la vida de D’Ancourt, y para conocerlo, se encuentran en su único poemario: Acto primero, escrito probablemente en algunos días de septiembre de 1993. Uno de los personajes clave de la novela, El Profesor, es el responsable de guiar al lector y de narrar, desde su propia perspectiva e intereses, aspectos de la vida del poeta. En realidad, la intención central de este narrador-personaje, hombre de letras y docente universitario, es ofrecer una exégesis del poemario de D’Ancourt. Desde el comienzo, El Profesor se esfuerza en señalar los méritos literarios del poeta desaparecido, así como las mil y una dificultades que atravesó para ayudar a comprender a la comunidad literaria las virtudes de una obra breve, pero extremadamente valiosa y única. De esta forma, la reconstrucción de la vida de D’Ancourt, que el propio profesor nos ofrece en los capítulos siguientes, es funcional a su intención de explicar los aciertos superlativos del poemario. Es aquí donde, a nivel de la historia, El Profesor nos recuerda al Carlos Argentino o al narrador de Pierre Menard, de Borges: entrecruzando diversos versos de Acto primero con aspectos de la vida de D’Ancourt, logra dotar al poemario de una serie de virtudes que, más que en los versos en sí, encuentran su genialidad en la habilidad interpretativa de El Profesor. Este es solo un ejemplo, dentro de los muchos que se hallan a lo largo del libro:

Sobre el verde

denso pastizal

humea un cielo impropio

El corte en los versos precedentes divide en dos la segunda estrofa referida a la infancia de D’Ancourt. La concepción de la infancia como un pastizal verde y denso cubierto por un cielo impropio anuncia la lectura ambivalente del mundo, típica del poeta. Un mecanismo extraño le llevaba a combinar opuestos, a participar de un ámbito intelectual manierista y sensual y, a la vez, de los deportes de riesgo y dureza reconocida, disfrutar los platos sofisticados y las rotundeces de la cocina tradicional, reír en el orgasmo y sonreír ante las malas noticias. (pp. 40-41)

La interpretación del poemario de D’Ancourt atraviesa los diferentes capítulos de la novela y su influencia sobre el profesor trasciende los límites de lo racional. Más que un poemario, termina revelándose como un poderoso instrumento verbal que se convierte para él en una razón de vida: "El texto ya vivía en mí y yo en él; un lazo emocional intenso nos acercaba en el transcurso de esta existencia y me señalaba como portador de sus secretos, guardián de sus mentiras. He leído numerosos textos durante mi vida académica. Muchos con esfuerzo, (…); otros, pocos, embelesado y transportado hacia ese estado que los escritores definen como cercano a la levitación. Acto primero se cuenta entre ellos." (p.27)

Lo interesante es que la novela no se agota, ni mucho menos, en la interpretación de Acto primero. Quién es D’Ancourt admite muchas otras

Letras-Lima 89(130), 2018 283

lecturas. La trágica vida del poeta desaparecido, por ejemplo, trasciende la antojadiza versión ofrecida a los lectores por El Profesor. De esta forma, se convierte en un signo de época: en sus páginas vemos episodios que atraviesan 50 años de la historia reciente del Perú, desde los comienzos del gobierno militar de Velasco hasta las primeras décadas del siglo XXI, pasando por los difíciles años ochenta y noventa, repletos de estallidos subversivos, crisis económicas y brutal dictadura fujimorista. No solo D’Ancourt, también los otros personajes resultan memorables. Tenemos a Francesca, la pareja de D’Ancourt, a Jave, a Rebeca (alias Alejandra Chon), el infiltrado, al propio personaje de El Profesor, cuyas extrañas motivaciones intelectuales terminan convirtiéndolo en un personaje central dentro del trágico destino de D’Ancourt. Se trata de personajes bastante logrados que atraviesan la novela y que, por momentos, se ceden la posta en la narración: al hacerlo, imponen a los lectores sus puntos de vista personales, tan disímiles que alteran gradualmente la comprensión global de los acontecimientos. Esto sucede, por ejemplo, con "el amigo desaparecido", el narrador personaje del epílogo de la novela, cuyo testimonio es una sorpresiva vuelta de tuerca que devuelve a los lectores al inicio de la historia, los interpela y los fuerza a replantearse la verdad sobre el propio personaje D’Ancourt.

Escrito con una prosa elegante y sin fisuras, Quién es D’Ancourt admite también una reflexión que trasciende los límites de la historia. En una suerte de juego metaliterario, la novela nos hace reflexionar acerca del poder de las ficciones y el alcance que estas tienen –o pueden llegar a tener- en nuestra percepción de la realidad y de los objetos de la realidad. Acto primero, el poemario atribuido a D’Ancourt, y que aparece como anexo del libro, fue publicado por el Carlos Arámbulo de la vida real hace ya veinticinco años. Dotado de innegables méritos literarios, su destino, sin embargo, fue esquivo en número de lectores, y su repercusión entre la crítica literaria peruana de entonces fue casi inexistente. Sus referencias eruditas, la ambigüedad de sus versos, su hermetismo, el entrecruzamiento de palabras en múltiples idiomas, lo convierten en un reto interpretativo difícil de superar por los lectores. No obstante, insertado en el mundo de Quién es D’Ancourt, revivificado por el poder imaginativo de la ficción, Acto primero sufre una alteración interpretativa. En efecto, resulta difícil, muy difícil, no ver este poemario, entenderlo y admirarlo a través de la mirada exegética de El Profesor. El lector -cualquier lector- que lea el poemario antes y después de conocer la trágica historia de D’Ancourt, sufrirá seguramente una curiosa conmoción. Creerá leer dos poemarios distintos, separados no por ninguna diferencia formal (imposible, por otra parte), sino por nuestro cambio de percepción como lectores.

De esta forma, Quién es D’Ancourt se convierte en un magnífico ejemplo de lo que es, a fin de cuentas, la lectura: un proceso interpretativo en permanente estado de elaboración, una construcción condenada a permanecer inacabada siempre. Es, exactamente, como lo entendía Borges: los textos no cambian, cambiamos nosotros. Así pues, el poemario inserto al final de Quién es D’Ancourt parece cuestionar el propio significado de la genialidad de las obras literarias: una vez escritas, ellas permanecen igual; los lectores, en cambio, no somos nunca los mismos. Como lo demuestra ese Carlos Argentino Daneri que es el Profesor de la novela de Arámbulo, más que en el texto en sí, la calidad literaria radica a menudo en las razones que somos capaces de atribuirles a aquellas obras
dignas de sobrevivir en el tiempo.

 

Selenco Vega Jácome

Universidad de Lima, Lima, Perú Contacto: svega@correo.ulima.edu.pe https://orcid.org/0000-0002-5029-2924